Al llegar la tarde, ahora sí, ladraron los perros: un equipo enviado con mención especial por el primer noticiero de postín se personaba en la casa para cubrir el evento. Era el primer esquilambre en la comarca, y a buen seguro generaría suficiente expectación como para augurarle una prolífica carrera como actor de novelas: "El gran Chiseco" o "La gran Tahá", según le pregunten a él o a ella. Se preguntarán asímismo qué forma tiene un esquilambre. Lo que me hace recordar que tengo una discusión pendiente (de hecho, no tiene sino forma de manzana con forma de corazón).
Tamaño que mantenía la cautela en el espíritu del ancianísimo Puylle, que en años mozos habría saltado al patio sin pensárselo media vez y que ahora sólo quedaba pendiente de dar su último salto. Así, fueron los infantes los únicos y primeros que saltaron, ante la indiferencia del esquilambre que, inmóvil, se debaja acariciar (torturar) con las torturas (caricias) de los menudos.
Pero divago: un esquilambre en el patio era algo digno de mención. El cuchicheo generalizado hacía entrever que, como cabría esperar, nadie sabía cómo había llegado hasta allí. Los perros no ladraron aquella noche, siendo así que bien el esquilambre era antiguo compañero de perrerías (perdónenme el chiste), bien había llegado al patio sin pasar por la cancela, esto es: desde lo alto. Pero el parte metereológico de anoche no había anunciado, ni por asomos ni por recelos, ninguna lluvia de esquilambres, y mucho menos de aquel tamaño.
Recién había rescatado de la pudrición una manzana de la alacena cuando la noticia llegó desde el otro extremo del corredor: había un esquilambre en el patio.
El consiguiente revuelo por la noticia interrumpió la discusión que pensaba mantener con voz baja (mi mejor interlocutora) acerca de si aquella manzana con forma de corazón tenía más forma de manzana que de corazón, o más de corazón que de manzana.
Si puede leer esto, su bitácora está lista para empezar a escribir.