Pero divago: un esquilambre en el patio era algo digno de mención. El cuchicheo generalizado hacía entrever que, como cabría esperar, nadie sabía cómo había llegado hasta allí. Los perros no ladraron aquella noche, siendo así que bien el esquilambre era antiguo compañero de perrerías (perdónenme el chiste), bien había llegado al patio sin pasar por la cancela, esto es: desde lo alto. Pero el parte metereológico de anoche no había anunciado, ni por asomos ni por recelos, ninguna lluvia de esquilambres, y mucho menos de aquel tamaño.
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