Tamaño que mantenía la cautela en el espíritu del ancianísimo Puylle, que en años mozos habría saltado al patio sin pensárselo media vez y que ahora sólo quedaba pendiente de dar su último salto. Así, fueron los infantes los únicos y primeros que saltaron, ante la indiferencia del esquilambre que, inmóvil, se debaja acariciar (torturar) con las torturas (caricias) de los menudos.
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